DAUGHTER

Tel Aviv (Israel), 2023

La marea respira, se expande, la envuelve. Glez permanece unida a la orilla por un cordón umbilical rojo, un lazo que no solo la sostiene, sino que la nombra. Es un hilo de sangre y memoria, un puente entre su cuerpo y el mar, entre la carne y lo infinito. Ella y el océano laten al mismo ritmo, fundiéndose en un vaivén donde el oleaje arrulla y reclama, recordando que la vida es un lazo sagrado que debemos honrar.

El agua lo inunda todo: su sonido es la única voz, su movimiento, el único lenguaje. La artista yace en posición fetal, su cuerpo entregado a la orilla, suspendido entre el origen y el desprendimiento. A medida que la marea sube y retrocede, el cordón umbilical se tensa y cede, como un latido primigenio que conecta a la hija con la madre, al cuerpo con la inmensidad.

En la cosmovisión yoruba, el mar es más que un paisaje: es madre, refugio, permanencia. En “Daughter,” Glez se sumerge en esa herencia líquida, evocando el ciclo eterno de entrega y retorno. Cada ola es un llamado y una despedida; cada respiro, un diálogo entre lo humano y lo sagrado. En ese vaivén, la feminidad y la memoria ancestral se entrelazan, recordándonos que somos agua antes que cuerpo, océano antes que nombre.

Ser hija del mar es comprender la existencia como un tejido de vínculos invisibles. Si el agua nos crea y nos sostiene, también nos recuerda nuestra responsabilidad con otros cuerpos, con otros seres. Así como el mar abraza y arrastra, nutre y transforma, nosotros debemos reconocernos en los demás, aceptar que la vida solo es posible en el cuidado mutuo. “Daughter” es un canto ecológico al mar, un recordatorio de que la naturaleza no es un paisaje ajeno, sino un espejo de lo que somos. En su vaivén, Glez nos invita a habitar la interdependencia, a sostenernos como quien cuida el agua: con respeto, con entrega, con la certeza de que, sin el otro, nos desvanecemos.

María Pérez Marín