Lisbon (Portugal), 2024
Hay un instante sagrado en el que la ola toca la orilla —no antes, no después—, ese parpadeo efímero en el que el mar se entrega a la tierra. Donde rompen las olas captura ese umbral. No como una fotografía, sino como una ofrenda suspendida en el tiempo. Esta instalación, compuesta por olas de cristal soplado teñidas con tintes naturales, reposando sobre arena de mar, es un gesto de detener lo inasible. Un intento poético de atrapar el movimiento justo cuando se vuelve silencio.
Las olas, congeladas en su danza, parecen emerger o retirarse, en ese vaivén que nunca cesa. Su transparencia no es fragilidad, sino verdad: el cristal revela lo que el agua insinúa. Trazan curvas imposibles, como si el viento las hubiera esculpido en su tránsito. La arena, testigo y cómplice, recoge sus formas, las sostiene, las acoge.
Donde rompen las olas es una meditación sobre la llegada, la pausa y el deseo. Sobre ese borde donde lo líquido se quiere volver sólido, donde el tiempo intenta extenderse para no deshacerse. Es también una memoria de lo que se va y de lo que vuelve. La ola no es solo agua: es cuerpo, impulso, voz ancestral. Es un eco que regresa siempre distinto, pero con la misma sed de tocar.
Esta obra nos invita a habitar el borde, a mirar con detenimiento lo que usualmente pasa demasiado rápido. A entender que hay belleza en lo que no dura, y también poder en quien se atreve a detenerlo, aunque sea por un instante.
Charleen Capote