Lisbon (Portugal), 2024
Un canto visual al océano como frontera difusa entre lo tangible y lo sagrado. En esta serie de performance con un resultado en foto y vídeo, Glez despliega un universo en blanco y negro donde el cuerpo se funde con el agua, transmutándose en eco de antiguas memorias.
La obra nace de un sueño donde la artista se imagina en un tiempo previo a la colonización, como una mujer taína danzando entre mar y tierra. Sus movimientos evocan a Guabancex, diosa de las tormentas, cuyos vientos en espiral surgen del encuentro entre aguas frías y cálidas, creando un ojo de calma en medio de la devastación. Ese mar, umbral de conquista, aquí se transforma en puente inverso, un regreso imaginado a lo irrecuperable.
El mar no es solo paisaje ni símbolo: es tránsito, resistencia y sueño.
El título Oyalokun entreteje los nombres de Oya, señora de los vientos, y Olókun, guardián de los abismos marinos. En esta fusión se revela otra presencia: Guabancex, fuerza del huracán que se gesta en el océano y toca tierra como un recordatorio ancestral. La serie encarna la tensión entre lo efímero y lo eterno, la furia y la calma, la identidad y su disolución.
A través de siete composiciones en claroscuro, Glez convoca la herencia espiritual de las cosmovisiones yoruba y taína, transformando el océano en espejo donde convergen deseo, historia y resistencia. Creada en Madeira, isla desde donde comenzó la conquista, la obra resignifica este espacio como punto de retorno imaginario, geografía donde la memoria se reescribe.
Las figuras emergen y se sumergen en un rito acuático donde el agua, piel ancestral, las envuelve y transforma. La luz recorta sus contornos como mitologías encarnadas, recordándonos que el mar es génesis y horizonte, herida abierta y umbral de renacimiento. En su superficie resuena el eco de los ancestros; en su profundidad, el llamado de lo desconocido.
Oyalokun no es solo un homenaje a la fuerza femenina y su vínculo con el agua, sino un acto de reimaginación y resistencia. En un mundo que olvida su dependencia del océano, Glez nos invita a sumergirnos en su memoria líquida, a reconocer en sus mareas la persistencia de un sueño que, aunque irrealizable, sigue latiendo en las corrientes del tiempo.
María Pérez Martín