PERDÍ MIS FUERZAS BAJO EL AGUA

El cuerpo desprendido de su peso, límites diluidos, y la resistencia cede. Perdí mis fuerzas bajo el agua es un instante suspendido entre la entrega y la pérdida, un diálogo entre el cuerpo y el mar donde la inmensidad se convierte en refugio y liberación. Glez explora la feminidad como un acto de abrazo y abandono, una transición entre la fuerza y la levedad, entre el control y la rendición.

La inmensidad como flaqueza y, al mismo tiempo, liberación. El cuerpo se diluye en el océano, respira a su ritmo, se abandona al vaivén del agua sin imponerse resistencia. La feminidad se revela como un puente hacia la sensibilidad que nos une al mar: transformación sin derrota, entrega sin pérdida.

El mar no solo acoge, sino que sostiene y devuelve. En él, hundirse no es rendirse, sino existir sin peso. La obra dialoga con la feminidad y la salud mental como procesos de aceptación: abrazar, soltar, habitar el propio cuerpo con la misma naturalidad con la que el agua lo envuelve. También recupera una estética reciclada del imaginario marino, donde lo contemporáneo y lo ancestral confluyen en la visión del océano como matriz y espejo. En su profundidad, la fotografía nos enfrenta a la tensión entre la entrega y la permanencia, entre la fragilidad y la resistencia.

La obra es una fotografía en papel tomada desde una vista cenital. En ella, una mujer sumergida en aguas cristalinas flota envuelta en una túnica blanca, que se disuelve con el movimiento del mar. La luz filtrada y la transparencia refuerzan la sensación de ingravidez, transformando el cuerpo en un instante suspendido entre lo tangible y lo etéreo.

Un gesto de entrega, donde la levedad no es pérdida, sino transformación. En el agua, el cuerpo abandona su peso y se funde con su reflejo, recordándonos que el mar nos contiene y nos devuelve lo que dejamos en él. Un legado que debemos proteger, porque su destino es también el nuestro. No es solo una rendición, sino un llamado ecológico: donde el destino del océano es la lucha de nuestra propia existencia.

María Pérez Marín