Havana (Cuba), 2020
Glez, vestida de blanco, se impone frente a una pared inmaculada, un lienzo sin herida. En sus manos, un líquido espeso tiembla: no es solo pigmento, sino sangre transfigurada, vestigio de lo arrebatado. Con violencia, sus palmas irrumpen en la blancura. La huella arde, arrastrando el vacío, dejando rastros de un cuerpo que se niega a desaparecer. La violencia inscrita sobre el cuerpo femenino se convierte en testimonio, un reclamo contra las muertes por feminicidio, una denuncia contra los intentos de borrarlas.
Esta performance rinde homenaje a Ana Mendieta, pionera del arte gestual en los 80. Como en Sin título (Señal de sangre n.º 2/Huellas del cuerpo), Glez usa la sangre como símbolo de vida y sacrificio, explorando feminidad, violencia y resistencia. Ambas transforman la blancura en testimonio imborrable. La obra reivindica la memoria de las desaparecidas, especialmente de mujeres indígenas silenciadas, víctimas de una violencia estructural que las margina.
La pared blanca se convierte en un cuerpo que sangra. Las manos de Glez arrastran el líquido, dejando una huella que trasciende, un grito contra el olvido. La sangre cubre y transforma, creando una memoria imposible de borrar. Este acto es resistencia contra la desaparición y un llamado a la presencia de aquellas que han caído en manos de población indígena en contextos de exclusión y violencia.
La huella en la pared queda como testimonio visual y físico. El dolor se convierte en arte, un trazo que persiste en la memoria colectiva. La performance trasciende el instante: su resonancia se mantiene en la huella y en las imágenes capturadas. Homenaje a Ana Mendieta evoca a una de las artistas más influyentes del arte gestual y afirma la resistencia del cuerpo femenino frente al olvido. La obra habla de la permanencia, de la huella que no se borra. A través de la sangre, el arte es memoria y fuerza, un espacio donde la violencia se transforma en testimonio, donde el cuerpo se reivindica como sagrado y donde la ausencia de tantas mujeres es devuelta a la historia con la fuerza de un acto que grita justicia.
María Pérez Marín