Barcelona (Spain), 2021
El encierro no siempre tiene barrotes. A veces es transparente, tan perfecto en su forma que parece no existir. Pero la opresión más brutal es la que se instala en la piel, la que aprisiona sin cadenas y sofoca sin dejar rastro. Glez está dentro. El blanco la cubre, la doméstica. Su vestido inmaculado, largo, sereno, es símbolo de una pureza impuesta, de sumisión aprendida. No es solo el cristal lo que la retiene, sino el molde en el que ha sido encerrada. Un vestuario que evoca a las adelitas, mujeres revolucionarias, y a La columna rota de Frida Kahlo. El cuerpo femenino, atrapado en expectativas, convertido en un objeto frágil, vigilado.
La quietud se convierte en asfixia. Glez se aferra al vestido, lo retuerce, lo sacude. Sus manos crispadas buscan arrancar lo invisible. La jaula se estrecha. Sus ojos recorren el espacio, buscan una salida que no existe. La ansiedad crece, el aire pesa. En la tensión de la escena, la fuerza femenina se rebela, buscando la ruptura de todas las violencias sufridas. El eco de su rabia resuena en el cristal. ¿Cómo huir de lo impuesto? ¿Cómo escapar de lo que te han enseñado a aceptar? El verdadero encierro no termina con la fuga. A su alrededor, el vidrio se resquebraja, los fragmentos caen, testigos mudos de todas las prisiones aún por romper.
El impacto de la performance queda capturado en imágenes, fragmentos de una lucha silenciosa que persiste más allá del instante. La jaula se quiebra, pero la memoria del encierro sigue inscrita en el cuerpo y en la historia.
Jaula de Cristal es un grito visual contra la opresión invisible que pesa sobre los cuerpos femeninos. Glez materializa el encierro social y simbólico que las mujeres han heredado, forzando una confrontación con lo que se asume natural. Su obra no solo expone la prisión, sino que la rompe, abriendo espacio para una nueva narrativa donde el cuerpo ya no es objeto, sino territorio de resistencia y liberación.
María Pérez Marín