Alejandra Glez (La Habana, 1996) crea desde la corriente, desde el vaivén del agua que la nombra y la atraviesa. Su obra, tan líquida como su esencia, fluye entre la fotografía, la instalación, el videoarte y la performance, abrazando cada medio como un cauce nuevo para decir lo indecible. El mar, omnipresente, no es solo escenario, sino un cuerpo vivo, un testigo, un refugio. En él se sumerge buscando respuestas, en él se diluyen las heridas y se abren los caminos. Nacida en una isla y forjada en la espiritualidad afrocubana, Alejandra es hija de Yemayá, madre de los océanos, orisha que gesta y arrulla. Su práctica artística es un ritual de reconocimiento y sanación, un diálogo entre lo ancestral y lo contemporáneo, donde la memoria del agua se une a la de los cuerpos. La maternidad, el linaje y la protección emergen como símbolos recurrentes en su obra, cargada de una reverencia profunda por la historia y la herencia cultural de su país. Desde su cuerpo como territorio, explora la feminidad en todas sus formas. Sus primeras creaciones fueron un grito catártico, un conjuro para exorcizar traumas. Hoy, su trabajo transita desde una madurez serena y conceptual, sin perder la fuerza ni la urgencia. Cada imagen es un eco de resistencia, un gesto que desafía las narrativas impuestas. La sororidad, la identidad y la emancipación atraviesan su discurso, convirtiéndolo en una corriente que no se detiene. Como el agua, Alejandra entiende su ser en constante vínculo con los mares y los ríos, con aquello que fluye y se transforma. En su arte resuena una llamada a la conciencia ecológica, a la protección de aquello que nos sostiene. Sus piezas son encuentros con lo sagrado y lo tangible, con lo propio y lo universal.
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