Cantabria (Spain), 2025
Desde la superficie, la cámara observa un cuerpo femenino suspendido bajo el agua. Su silueta se adivina entre pliegues de una bolsa de plástico, como si el material flotante se fundiera con la piel. La imagen es turbia, abstracta, como si la mirada también estuviera sumergida.
Esta pieza nace del cruce entre lo íntimo y lo ecológico. La figura, atrapada y diluida a la vez, encarna la vulnerabilidad de los cuerpos en entornos contaminados, donde lo artificial ya no es ajeno, sino una extensión inevitable de lo natural. La bolsa no cubre: envuelve, roza, se adhiere. No hay violencia explícita, pero sí una tensión latente. La belleza de la escena —su suavidad, su misticismo acuático— convive con una incomodidad sutil.
La obra habla del plástico como símbolo y como síntoma. Un material diseñado para perdurar, que se ha filtrado en nuestros paisajes, nuestros mares, nuestras vidas. En esta imagen, lo plástico no solo contamina: se vuelve estético, casi sensual, generando una atmósfera que oscila entre lo poético y lo distópico.
La figura podría ser un cuerpo real o un espectro, una aparición atrapada entre dos mundos. El agua amplifica la sensación de suspensión, de tiempo detenido. Como si esta escena no sucediera en un solo momento, sino en muchas capas de memoria líquida.
Esta fotografía propone una mirada hacia el fondo: hacia lo que flota, hacia lo que se hunde, hacia lo que ya forma parte del paisaje aunque no debería estar ahí.
Charleen Capote